Banshun de Yasuhiro Ozu


TÍTULO ORIXINAL: Banshun.
NACIONALIDADE: Japón, 1949.
DIRECCIÓN: Yasujiro Ozu.
PRODUCCIÓN: Shochiku. GUIÓN: Kôgo Noda y Yasujiro Ozu, basado en una historia de Kazuo Hirotsu. FOTOGRAFÍA: Yuharu Atsuta.
MONTAXE: Yoshiyasu Hamamura. MÚSICA ORIXINAL: Senji Itô.
DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Tatsuo Hamada.
DURACIÓN:108 minutos.
INTÉRPRETES: Setsuko Hara (Noriko), Chisu Riu (Shukichi Somiya), Yun Usami (Shuichi Hattori), Masao Mishima (Jo Onodera), Kuniko Miyake (Akiko Miwa), Haruko Sugimura (Masa Taguchi), Hihi Auki (Kasayochi), Yoshiko Tsubouchi (Kiku), Yumeji Tsukioka (Aya Kitagawa).
 

O NOVO E O VELLO

En la ciudad de Kamamura la joven Noriko vive con su padre viudo Shukichi, éste lo es todo para ella y la joven espera pasar el resto de su vida cuidándolo. Sin embargo, la hermana de Shukichi y él mismo, creen necesario que Noriko se case y por ello le buscan un pretendiente, fingiendo el padre al mismo tiempo, interés por una mujer para que su hija dé el paso definitivo.

Primavera tardía, 1949 supone la primera obra maestra de la postguerra de Yasujiro Ozu, en la cual a través de una minuciosa descripción de la realidad, como en él es característico, reflexiona sobre la necesidad de armonizar lo nuevo y lo viejo; la modernidad reflejada a través de los anuncios de Coca Cola o de la existencia de establecimientos de corte occidental fruto de la ocupación norteamericana y la tradición que está presente en las relaciones personales de los protagonistas, en sus modos de vida.

El realizador ya había trabajado anteriormente con Kôgo Noda, el guionista que a partir de ese momento se convertirá en su fiel colaborador, a ambos les gustaba elaborar sus guiones en Chigasaki-Kan, una residencia cercana a Kamamura y con el tiempo, en Unko-so, la casa de Noda en Nagano o en Muguei-so, la del propio Ozu. Por tanto, la relación tan personal que mantenían se reflejaba en la construcción de esas historias tan intimistas que caracterizan la filmografía del realizador nacido en Tokio. Porque realmente es esto lo que define su cine, un perfecto análisis de los personajes, de sus sentimientos y anhelos más íntimos a través de un estilo austero, casi minimalista. Que nadie espere complicados movimientos de cámara en Ozu, ya en este film comienza a precisar su modo de hacer cine, aunque todavía emplea algún que otro travelling, los planos fijos a la altura de un hombre sentado ante una mesa, esos planos contrapicados que se repiten a lo largo toda su obra y que nos hablan de un director seguro de sí mismo, de lo que cuenta y de la verdad presente en cada una de las imágenes, serán la nota de identidad de aquel que nos mostró al mundo como era el Japón postbélico que se resistía a cambiar, a abandonar unas tradiciones que formaban parte de su ser, de su propia existencia como nación.

Todo es poesía en Ozu, para él tiene tanta importancia lo que se dice como lo que se calla, unas flores mecidas por el viento, una colina con unos pinos secos que contrastan con el verdor del situado en primer plano, la juventud y la vejez, la vida y la muerte, todo ello es tan necesario para la historia como las conversaciones entre Shukichi y su hermana sobre la necesidad de que Noriko se case, aunque ello signifique la soledad del padre,  su desamparo, sin aquella hija que es casi como una criada, que lo conoce y a la que quiere más que a nada a pesar del lenguaje imperativo que con ella emplea en sus relaciones personales.

Noriko también ama a su padre, lucha para no tener que dejarlo sólo, llora y se siente decepcionada cuando éste le propone la posibilidad de casarse de nuevo –algo que ella considera “sucio”- pero finalmente accede, cuando “la ley de vida” se impone, inexorable, a los deseos humanos.

En aquel Japón todavía el peso de la costumbre era muy grande, el padre decide lo que tiene que hacer su hija, su necesario matrimonio y ella se rebela, no tanto ante el hecho en si como ante la incapacidad de poder decidir si quiere o no casarse, el amor no es lo más importante, -“es posible que el matrimonio no signifique la felicidad desde el principio, no hay que esperar una felicidad tan inmediata, a veces lleva algún tiempo, no hay que esperar encontrar la verdadera felicidad, hay que trabajar por ella, esforzarse por merecerla”- le dice Shukichi poniendo como ejemplo su propia vida en un sencillo juego de plano-contraplano, que suponen los últimos consejos de un padre. El choque de culturas, la occidentalización de la que hemos hablado está muy presente en la película: el concierto de música clásica o la marcha nupcial como oposición al teatro tradicional al que acuden padre e hija, las vestimentas occidentales de los más jóvenes frente a las de los más viejos; el sobrino de Noriko vestido de jugador de béisbol y su tía con el quimono tradicional, incluso el que será el próximo marido de Noriko –presente por omisión- según todos los comentarios se parece a Gary Cooper, como si un asiático pudiese parecerse físicamente a un norteamericano de Montana.

Yasujiro Ozu está dotado de una sensibilidad sólo igualable a la de otro gran director  nipón,  Kenji Mizoguchi, en ningún film podemos ver el modo casi sagrado, como si de un ritual se tratase, conque los personajes de Ozu hacen una maleta, el cuidado con el que doblan una simple camisa o guardan un libro para el viaje, hasta la actividad más cotidiana o trivial parece algo que deba realizarse en silencio, con una esquisita prudencia, algo tan alejado de nuestra forma de ser como los quilómetros que nos separan.

El film finaliza como comienza, con la poesía que pueden generar unos simples fotogramas. El padre regresa sólo a casa, se sienta como otras tantas veces había hecho aguardando por su hija, pero ahora en soledad comienza a pelar una manzana mientras las olas del mar una y otra vez avanzan y se retiran sobre la playa solitaria, una metáfora sobre “la ley de vida”, sobre lo inmutable, así es la existencia humana y siempre lo será, como el mar que baña las playas y que lo hará por siglos.

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